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Las falacias de la izquierda: Capítulo MDCCCLIX


JCRI

El ex Presidente de Extremadura. Siempre controvertido.

La importancia sustancial de que el nivel de comprensión lectora de la población descienda hasta niveles de Guinea Conakri, descansa en una vieja pretensión de los regímenes colectivistas. En ellos, los oligarcas y comisarios tenían una función clave; protituir las palabas, los términos y sus imágenes simbólicas, para poder así, a fuerza de eufemismos y sofismas, modular el sentido de la realidad.

Así, por ejemplo, un momento de la economía en el que no se sabe qué va a suceder ni los efectos que tendrán unas nefastas medidas, reciben el nombre preventivo de “brotes verdes“.  Casi siempre, después del anuncio de un brote verde, se ha producido un empeoramiento sustancial de la situación general. Este hecho nunca ha mermado el ánimo gubernamental de anunciar permanentemente la visualización de dichos brotes. Ahora un brote verde es una clara premonición de nuevo desastre.

Como viejo socialista, el Señor Ibarra no es ajeno a esta antigua habilidad. ¡Ajeno, digo!. Es un verdadero maestro.

En reciente entrevista, sobre el reiterativo y nunca inocente tema ETA / SORTU / BILDU, el señor Ibarra deja a sus incondicionales adocenados el siguiente mensaje a repetir en tertulias y cafés con amigos (las comillas son delimitantes de la frase que atribuyo a Ibarra, pero pueden no ser exhaustivamente textuales (vamos, que pude comerme una coma o dos):

Prefiero tener a Sortu sentada ahí en la silla de un escaño (señala teatralmente la silla que hay al lado en la mesa de la tertulia, que está vacía) que en la calle con metralletas“.

Es innegable el oficio desplegado en la frase y en las imágenes simbólicas que (inexcusablemente simplificadas, va dirigida a los suyos) ofrece para armar una argumentación muy eficaz y de andar por casa para salir airoso en cualquier reunión de cañas con los amigos. Pongámosle la lupa (raramente este tipo de cosas aguantan dos pasadas de lupa mal dadas).

La frase es una flagrante obviedad. No creo que haya nadie en su sano juicio que prefiera resolver sus cuitas con el vecino a tiros, si no son los que lo han estado haciendo ya durante una larga temporada. Es decir, más de treinta años después de la amnistía. Si, esa en la que el pueblo español fue todo lo generoso que podía ser. El día en el se agotó para siempre la deuda de generosidad de los españoles con los etarras y sus encubridores. Ese día, la supuesta deuda estaba saldada. La izquierda radical abertzale (o como quieran llamarla) tuvo la oportunidad de oro para sentarse, como uno más, en esa silla hoy ofrecida a destiempo por Ibarra.

Pero lo anterior no es, ni mucho menos, lo más espectacular del razonamiento del ex Presidente. Porque la contraposición es una gran falacia. Y una peligrosa afirmación que socava los cimientos de la democracia.

La falacia reside en las alternativas que plantea el Sr. Ibarra. La alternativa (en un estado de Derecho, se entiende) de un individuo o grupo que intenta imponer sus criterios en base al uso de las armas en la calle, no es un escaño en una administración democrática, es una celda en una cárcel. Al asesino, en un estado de derecho, no se le hace político para que se redima, se le aisla de la sociedad hasta que pague todas sus deudas. Y luego, tendrá que reinsertarse en la vida como ciudadano (contribuyente) de a pie. Ni mucho menos con los privilegios de la casta política.

Es verdad que una democracia cabal, no puede actuar sobre nadie que no haya cometido delitos. Es un principio irrenunciable. Pero a BILDU y SORTU, no se les juzga por lo que puedan hacer (y cuando se dice “hacer” se refiere a sus militantes, evidentemente no a sus logotipos), sino por lo que sus militantes y/o representantes hayan hecho. Y en este asunto, la fortaleza de la democracia consiste en no ser inocentes. En juzgar con dureza cualquier tipo penal que pueda mermar las libertades del resto de la ciudadanía. De ese modo se defiende la libertad. La de los ciudadanos de bien que contribuyen. Y no la libertad de los asesinos y de los matones, que es la libertad que no debemos defender ni favorecer.

Pero la falaz presentación de las alternativas esconde la traición última del nada sutil razonamiento. El razonamiento viene a decir algo así: “para que no nos maten, es mejor darles un sillón y un presupuesto públicos”. Y esa es la claudicación definitiva al chantaje. Es exactamente la razón por la que el terrorista mata. Para que sus víctimas sientan tanto terror que cedan a sus pretensiones.

La frase de Ibarra es la esencia del triunfo de los principios de los terroristas.

Rog

 

 

 

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Categorías:Uncategorized
  1. Aún no hay comentarios.
  1. mayo 14, 2014 en 6:30 am

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