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El ocaso del Estado del Bienestar


Keynes

Keynes

Discúlpenme, me he dejado llevar por un arrebato de optimismo en la redacción del título. Pero no he podido resistirme. Tanto tiempo esperando que las columnas de este aberrante templo comenzaran a sacudirse el peso de los capiteles que por un momento, pensé que mis conciudadanos empleaban la cabeza para algo más que para ponerse la boina.

Craso error.

Los irreductibles jamás permitirán que la realidad de los hechos les estropee un bonito eslógan. Y los medios, las tertulias y las declaraciones dejan ya suficientemente claro que el efecto de los hechos sobre el proceso de asimilación cognitiva de un gran porcentaje de la población, incluido el coro de iletrados que se autodenomina intelectuales, es cero. Cero patatero. Son inasequibles al aprendizaje, como han demostrado a lo largo de toda su historia. Ni nada saben, ni pizca de ganas de aprenderlo ¿para qué?.

El primer rasgo lanar lo constituye la persistente contraposición del fracasado Keynes a la contrastada acción del mercado. Keynes, niño bonito de la socialdemocracia contemporánea, sostenía que la inversión pública provocaba en la economía de los países un efecto dinamizador y multiplicador de la riqueza. Esta bobada clínica (premiada por la socialdemócrata academia sueca con un premio Nóbel -paradójicamente de economía-) tiene como fundamentos varias falacias.

Primera falacia de las bobadas de Keynes y los keynesianos.

Keynes y sus incondicionales (a pesar de los contrastados resultados de sus políticas) piensan que el dinero en manos privadas que no está siendo empleado en consumo, está inmóvil. La reiterada visión de “Cuento de Navidad” de Dickens ha hecho estragos en sus agujereados intelectos. El dinero de los depósitos no se está quieto, está siendo empleado en créditos personales, líneas de créditos, fondos de inversión y demás productos financieros. Cuando el Estado le pone encima las zarpas, el supuesto efecto multiplicador de riqueza propugnado por Keynes se queda en un mero cagarro, porque ha impedido que ese capital financie la creación de otra riqueza.

Segunda falacia de las bobadas de Keynes y los keynesianos.

La arrogante pretensión de que el Estado es más eficiente en el empleo de esa riqueza que el mercado. Independientemente de que no hay una sola demostración empírica de que eso pueda ser cierto, sólo tenemos que ver cual ha sido el resultado de una reciente aplicación del principio; el Plan E. Con el Plan E, el coste por empleo generado (temporal) ha sido de 50.000 euros. Si esto es eficiencia, mi ano es un futbolín. Lo que sí es verdad es que probablemente, haya generado 300.000 votos, que de esos los demás no comemos, aunque los paguemos.

A pesar de lo anterior y de modo lineal, los keynesianos siguen repitiendo sus machacones mantras en todas las tertulias y medios. La intervención estatal en el mercado como un medio de compensación y equilibrio de lo que ellos consideran desequilibrios, o más eufemísticamente aun; injusticias. La injusticia es aquel comportamiento del mercado que disgusta a los progres. Un ejemplo: cuando un progre se compra un piso por cien mil euros y lo vende en doscientos mil, eso recibe el nombre de “democratización de los beneficios de la construcción”. Cuando compra a trescientos mil y no puede vender ni a doscientos, es una injusticia social (y, evidentemente, alguien debe pagar por ello, preferiblemente sus solidarios vecinos, con quienes nunca repartió pasados beneficios).

En uno de los últimos debates, un tertuliano apelaba a opiniones cualificadas que aconsejaban recortes y reformas como la receta más apropiada para devolver al país a la senda del crecimiento. Esas opiniones se fundamentan en una verdad de perogrullo: no hay entidad que pueda gastar dos veces lo que ingresa (ni individuo, ni familia, ni comunidad de vecinos e igualmente, ningún país). Y en otra verdad de perogrullo: somos uno de los países menos productivos de Europa, lo que tiene que ver muy mucho con nuestra reglamentación laboral. Ante esas verdades del barquero, el irreductible de guardia formula la lapidaria consigna: “Bueeno, pero hay otras voces como -nombra a Keynes- que no opinan igual, y dicen que bla,bla,bla… y el premio Nóbel de economía”.

Y, claro, te entra la risa floja. Porque aunque le hubiesen dado el Nobel de literatura (intercambiándoselo con el ladrillógeno Saramago) el resultado sería el mismo. Keynes no puede ser una referencia en Mayo de 2010 para España, porque sus propuestas han creado una enorme bolsa de deuda pública y déficit. Y porque en el camino de Keynes, fielmente seguido por nuestro econo-presidente favorito, casi cinco millones de personas se han quedado en la calle.

Europa se tambalea bajo su esclerótico Estado del Bienestar. Y me alegro enormemente, porque estoy francamente harto de pagar prebendas, juergas, sirtakis y privilegios.

Rog

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