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Credo Liberal: El dinero


dinero

El Dinero

Hoy, a pesar de las tentaciones mediáticas, de los acosos de los poderosos a esa tribu de irreductibles galos formada por nuestro Gobierno y alimentada de poción mágica (optimismo) por ese aprendiz de druida llamado Zapatero, del enjuiciamiento de un juez que perdió el juicio (valga la redundancia) y de dos mil razones más para hablar de otros temas, he decidido reafirmar mi independencia de criterio a la hora de elegir el tema hablando del dinero. Por supuesto, desde la perspectiva liberal y desde la manipulación de la misma desde la socialdemocracia.

Hoy he decidido adoctrinar a mis escasos lectores, aún a riesgo de que el aforo me quede incluso más grande.

La acusación frecuentemente vertida sobre el liberal, es (además del individualismo transformado en pecado) el monetarismo o algo que pretende ser sinónimo: el mercantilismo. La traducción de buena parte de las interacciones (transacciones o contratos) entre ciudadanos en términos de valor dinerario. El reproche tiene una raíz en el pensamiento de inefable Mao. El ciudadano que tiene dinero, se corrompe, se aburguesa, y se convierte en un traidor a su clase. Evidentemente esto no es enunciado de éste modo. Pero la retórica se basa en esta idea, algo ya polvorienta en el bahúl neuronal más profundo de la psique.

El dinero, el gran corruptor. El metal que acaba con las virtudes del hombre. Las doce monedas de plata que hicieron de Judas un traidor a los suyos y a su Maestro. El dinero, metal estigmatizado.

Tengo la impresión de que el mensaje tiene que ver originariamente con la propaganda. El dinero es algo que, en el credo socialista, sólo puede ser deseado, reclamado, buscado y sustraído por el Estado y, claro, para el Bien Común. Cualquier otro ciudadano que lo desee, lo persiga, lo consiga con su esfuerzo o su talento, lo proteja cuando es suyo o lo atesore es un depravado. De ahí la necesidad de donarlo al Estado para fines más nobles. Los fines “sociales”. Esto le convierte en un ciudadano solidario. Le redime.

Pero veremos la gran contradicción en la que la socialdemocracia cae permanentemente en este asunto (una vez más).

Para un liberal, el dinero es un valor obtenido a través de su esfuerzo. A través de lo mejor que ha sabido producir. Y con él, podrá adquirir lo mejor que ha producido otro hombre. El mejor fruto de su talento. El dinero es una porción de la riqueza de un país a la que se ha hecho acreedor con sus propios medios (su aportación a esa riqueza)  y su trabajo. También es el medio por el que satisface legítimamente sus deseos y planifica sus proyectos vitales. Y es aquello que expresa el valor de su patrimonio, que constituye su  inviolable propiedad privada.

El liberal no desprecia al que tiene dinero, admira su capacidad y talento para conseguirlo. Como siempre, ésta regla tiene sus excepciones cuando los medios para ello han transgredido las Leyes o la ética. La diferencia fundamental es que no expresa un desdén sistemático contra aquel que ha conseguido un patrimonio considerable (quizá trate en otro post sobre la cuestión específica de las herencias, pero ahora no lo haré). El liberal atiende al valor del dinero y lo que representa, pero ni mucho menos supone para él una obsesión per-se.

La socialdemocracia mantiene siempre una retórica altisonante que resalta las doce virtudes teologales del ser humano. Aquellas a las que prácticamente ningún especímen del género responde. Pero en su argumentación siempre subyace una obsesiva fijación por el dinero.

El socialdemócrata habla de igualdad, que en la práctica convierten en igualitarismo. Pero ese elevado concepto, para el socialdemócrata, lleva implícita una redistribución de la renta. Es decir, de los recursos legítimamente obtenidos por otros ciudadanos con su esfuerzo. Para el socialdemócrata igualdad equivale indefectiblemente a igualdad de rentas (cantidad de dinero disponible). Para el liberal igualdad es igualdad ante la Ley.

El socialdemócrata habla de igualdad de oportunidades, y sigue asociando nivel de renta con oportunidades. Ignora deliberadamente las diferencias naturales entre personas, sus gustos, sus aficiones, sus aptitudes y su actitud. Sólo le importa que la renta se iguales a costa de los más exitosos, porque obtendrá los votos de los menos dotados o de los más indolentes. Ignora que las personas no actúan con igual diligencia, ni con igual disciplina, ni poseen igual talento, ni se sacrifican en la misma medida. Sólo le importa que la cantidad de dinero en poder de las personas sea equiparable, para regocijo de aquellos que no están dispuestos a esforzarse para obtenerlo. De nuevo el dinero como métrica de igualdad.

Para el liberal, la solidaridad entre pueblos se materializa con la supresión de las barreras al comercio entre países. Porque esas barreras impiden que los países más pobres se desarrollen comerciando en mercados con capacidad de compra de sus productos. Es la más elevada expresión del respeto por la dignidad del esfuerzo del ser humano. Para el socialdemócrata la solidaridad con los países subdesarrollados tiene una cifra: el 0,7% del PIB. Otra vez dinero.

Para el liberal igualdad ante la Ley significa que todos los ciudadanos son tratados por igual sin atender a raza, sexo, credo u opción política. El socialdemócrata cree tan poco en la igualdad que promulga leyes que discriminan. Es lo que llaman “discriminación positiva”. Esa discriminación positiva siempre lleva aparejada dotación económica para los sectores considerados “marginados” (aquellos que la Ley discriminatoria intenta favorecer). Más dinero.

Para un liberal el derecho al trabajo significa que un individuo tiene derecho a optar a un puesto de trabajo y ocuparlo sin que nadie pueda impedírselo (excepto, obviamente, el contratador si no lo desea contratar). Para un socialdemócrata el Estado debe facilitar al individuo trabajo o bienestar. Esta transformación de un derecho negativo (derecho al trabajo) en un derecho positivo, siempre tiene un pagano: el contribuyente. El que aporta el sueldo del funcionario o el subsidio de desempleo. Lo mismo ocurre con el derecho a la vivienda, o incluso, en un sentido más amplio, con el derecho a la educación. Esperemos que nuestra constitución no consagre el derecho a poseer un automóvil familiar “digno” (en positivo), o los que contribuímos estaremos, definitivamente, perdidos.

El dinero es lo que a los ojos de la socialdemocracia define igualdad personal, igualdad de oportunidades, dignidad, solidaridad. Todos esos valores tienen una traducción cuantificable en el credo de izquierdas.

Para un liberal, la libertad no tiene traducción posible en dinero.

Rog

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