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La Estafa del Bienestar


Nassío ppal Bienestar

Nassío p'al Bienestá

Sostenibilidad. Al fin y al cabo, está de moda.

La izquierda contemporánea se vanagloria de contar entre sus méritos propios el Estado del Bienestar. Quién se lo iba a decir al Canciller Von Bismark, cuando el orgulloso líder de la oligarquía Prusiana decidió que la cobertura social subsidiada sería un freno al incipiente socialismo europeo.

Los socialistas observaron que, en el fondo, era una idea excelente. Con el dinero de unos, favorecían a otros cuyo voto pretendían. Un esquema que han hecho suyo y repetido a lo largo del Siglo XX (y lo que va del XXI) con plausible éxito. Los oligarcas teutones fracasaron donde los socialistas tuvieron un enorme acierto; en el eufemismo. Mientras que la acción de Bismark tenía un marcado carácter paternalista, los socialistas supieron dotar la operación del trasfondo de un elevado concepto: solidaridad. El resultado y el hecho eran los mismos, pero la propaganda de izquierdas los disfrazó adecuadamente y aún hoy, hay quien se traga este sapo.

En un principio, los socialistas pensaron que el Estado del Bienestar era sólo un paso hacia la sociedad que habían planificado. Hasta que comprobaron qué niveles de bienestar era su propia doctrina capaz de generar para los pueblos. Cuando cayó el muro de Berlín no pudieron negarlo más tiempo: el socialismo era un cagarro económico. De modo que decidieron que el único modo de alcanzar el poder era la “redistribución de la riqueza”. Un nuevo y apasionante eufemismo de los que tanto les gustan. Necesitaban, para “redistribuir” un sistema económico que generase algo que redistribuir (valga la redundancia). Porque el sistema socialista sólo generaba pobreza y retazos firmes y nítidos de miseria. De modo que tuvieron que abandonar el Marxismo, el Leninismo, el pensamiento de Mao-Tse-Tung, las canciones del Che y demás detalles lacrimógenos. La renovada socialdemocracia se alimentaba (y se alimenta) de un capitalismo económico (único sistema que genera riqueza y bienestar para los ciudadanos) al que siempre demonizan, pero del que dependen. De modo que pasaron de querer socializar los medios de producción que, como quedó demostrado, sólo conseguían conducir a la ruina, a querer socializar el fruto de la producción que otros realizan. Esta es la verdad que subyace bajo el alto principio de la “redistribución”. Sustraer el fruto del trabajo de unos, para ganar el voto de otros.

Para que esto funcione adecuadamente, los que pagan la fiesta han de ser menos que los que la disfrutan, o bien, menos que los que la disfrutan y los que se creen que la disfrutan. De lo contrario, los socialistas no gobernarían jamás. No haría falta más que imprimir, en vez de un programa electoral, una breve reseña económica de Europa del Este, Unión Soviética, Corea del Norte, Cuba y algunos ejemplos contemporáneos de brillante factura, como Venezuela, y que los ciudadanos decidieran si desean lo mismo.

Como decía antes, no sólo hay que contar con muchos que disfrutan de la fiesta, sino con muchos otros que creen que la disfrutan, o que la van a disfrutar. Esta es la gran falacia del Estado del Bienestar. El limbo protector ante los miedos y las inseguridades de la vida. Aquellas a las que estamos sometidos por el mero hecho de ser humanos. Las pensiones son una parte de ese ingrediente que permite que muchos paganos, ahoguen sus miedos y se vean como receptores de ese bienestar. En realidad no es solidaridad desinteresada, se intenta comprar la seguridad del futuro. Pensar que lo que hoy hacemos por otros, lo harán también con nosotros. Me lo espetaba un participante en el post anterior: “que no caigas enfermo de algo muy problemático…” . Es una mera transacción comercial disfrazada. Yo pago: el Estado alivia las angustias de mi vida. No importa el precio. Es la situación perfecta para una estafa.

Porque las estafas siempre aprovechan las miserias humanas para triunfar: la codicia o el miedo.

Y ahí es donde entra el timo del Sistema de Pensiones y desempleo.

Los que creen que disfrutan de la fiesta, piensan que están depositando en una hucha cantidades que, cuando alcancen su edad de jubilación, estarán florecientes, multiplicadas e intactas, en una caja estatal. De modo que cuando reciben su nómina a fin de mes, hacen cuentas satisfechos de la excelente pensión que disfrutarán al final, ya próximo incluso a edades tempranas, de sus largos días laborales. Pero la realidad dista mucho de este esquema.

Es cierto que el fondo de pensiones establecido a través del pacto de Toledo, es un pequeño colchón temporal. Pero ni de lejos contiene todas nuestras cotizaciones a la jubilación o al desempleo. La triste verdad es que nuestro sistema sólo funciona cuando la pirámide de edades de la población tiene una base sustancialmente más amplia que las capas superiores. Cuando esto se invierte (baby-boom de los 60), el sistema entra en quiebra. Porque las pensiones y el desempleo se abonan, mes a mes, de los impuestos recaudados en ese momento por conceptos salariales. En otras palabras, las pensiones no salen de una caja, sino de la recaudación permanente. Cuando el número de contribuyentes disminuye, la cantidad disponible para bienestar disminuye.

Si el desempleo continúa su escalada y la población sigue envejeciendo, no habrá forma de pagar pensiones.

Por ese motivo, el mismo Gobierno que se jacta de pasar por la crisis defendiendo los derechos de los más débiles, no tiene más remedio que reducir lo que a partir de unos años percibiremos como jubilación. En realidad, sólo han tomado la primera medida con sentido común de las dos legislaturas. Aunque para ello hayan tenido que sustraer a todos los trabajadores dos años de jubilación, obligándoles a trabajarlos y tributar. Eso es sustraer derechos. Pero creo que es justo, porque hay derechos (como el de pernada entre otros) que son insostenibles.

El insolidario no es el que trabaja y pide que no le quiten el fruto de su esfuerzo. Sino el que quiere vivir desde los cincuenta y cinco años del fruto del trabajo de los demás, hasta la edad de más de ochenta que previsiblemente vivirán muchos. Casi treinta años a la sopa boba, muchos de ellos en plenas facultades de trabajar. De ésto, sólo se quejan los ilusos que pensaban que tenían una hucha con el acumulado de sus tributos.

Pobrecillos.

Rog

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Categorías:Uncategorized
  1. Aún no hay comentarios.
  1. enero 30, 2010 en 8:23 pm

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