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De seres vivos, coleópteros y ornitorrincos


La embriologa Renee Reijo

La embriologa Renee Reijo

Simplemente asombroso.

No la afirmación de la Ministra Aído, ni mucho menos. Esta era perfectamente previsible. Y lo era porque, en el acerbo pueril de la socialdemocracia más profunda, reconocer que un embrión es un ser humano  implica que la nueva Ley sobre el aborto, tolera la muerte deliberada de un ser humano del que no consta su aprobación explícita. Como así es. Pero un buen socialdemócrata, como todos saben, nunca mataría a un ser humano. Matar jamás. Antes morir que perder la vida. Ergo, las palabras de Aído tienen toda la lógica y son perfectamente previsibles. No habla desde un punto de vista científico, sino que es la voz de la secta. Encontrarse frente a la paradoja de tener que defender el aborto, es tan difícil para tan inocentes conciencias que le han cambiado el nombre al acto. Ahora es “interrupción voluntaria del embarazo”. Es como si a la violación de una menor en vez de llamarla así, la pudiésemos denominar (desde el punto de vista del violador) “liberación voluntaria del estrés sexual excedente”. El problema en ambos casos, es el sujeto pasivo. Entraremos en ello. Es importante resaltar que la palabra voluntaria, pretendido escudo de la libertad individual, hace referencia exclusivamente al actor, y no al sujeto que recibe la acción. Esto implica, necesariamente, que haya un derecho (y mucho más) que es cercenado por decreto al objeto de la acción. Al nasciturus.

La sempiterna táctica de la cobertura moral proporcionada por la Ley prostituída. Sigue evocándome la afirmación de la fresca y juvenil Ministra del ramo, al tristemente célebre término legal de cierto código penal: los seres infrahumanos. Sólo con la democrática y parlamentaria inclusión de éste término en la Ley, seis millones de personas dieron con sus huesos en lugares como Auschwitz.

La mera evocación de la imagen que proyecta el párrafo precedente, resulta enormemente trágica. Quizá sea esta la razón por la que la ciencia sale a la palestra.

La ciencia, compendio del conocimiento humano y medio por el que éste prospera, puede ser también una cobertura moral. Sólo hay que preguntar al científico adecuado. El Tercer Reich también fue densamente poblado de eruditos en las ramas más relevantes del saber para el régimen. La genética, la antropología, la lingüística, la historia y, cómo no, la física. La mera apelación al placet científico como garante último de la calidad de una tésis. Si bien es cierto que es un garante mucho más deseable y fiable que aquellos que apoyan sus argumentos en la supertición o la creencia, no está libre de errores. Porque el conocimiento científico (el del hombre, en resúmen) es un conocimiento limitado. Si no lo fuese, la misma ciencia dejaría de tener sentido.

El furor cientista y ateísta de Arcadi Espada, pienso que heredado de Richard Dawkins, supone en este momento el salvavidas intelectual que salva a la secta de la inanición de ideas coherentes. Pero el cientismo y el ateísmo, radicalizados por una idea difusamente mesiánica ( “La religión es dañina para el hombre, hay que ser beligerantes con ella y nuestra luz salvará a la Humanidad“), pueden llegar a ser tan dogmáticos como la propia religión. Quizá más, porque al menos la religión te otorga la posibilidad (humana) de no tener el don de la Fe -cuestión que agradezco personalmente-. El ateísmo cientista no es tan benévolo con sus homólogos agnósticos -cuestión que me molesta personalmente-. Un efecto residual de la pasión de Robespierre por la razón, que hacía perder la cabeza… a otros.

Pero si ha de ser la razón ( y realmente ha de serlo) la que guíe a la Humanidad. Si ha de ser la Ilustración el espíritu que anime a los seres humanos en la búsqueda de la verdad. Ha de serlo siempre y para todo.

Y aquí entramos en el problema de las categorías. ¿Qué opinión sobre un tema desconocido merece más crédito, la de un científico que nada sabe sobre el particular y por consiguiente especula, o la de un obispo que nada sabe sobre el particular y, por lo tanto, especula? ¿Qué valor puede otorgarse a una especulación frente a otra, partiendo de la base de la ignorancia de los promotores? ¿Es acaso la especulación científica menos especulación por ser promovida por científicos?.

Las ideas fundamentan su valor en las verdades que las sostienen. Si no hay una verdad detrás, cualquier especulación permanecerá en esa categoría hasta que la condición se altere. Esto es espíritu ilustrado, y no otra cosa. Que una idea resulte absurda a nuestro intelecto, no quiere decir que cualquier otra deba ser forzosamente aceptable o aceptada. ¿Por qué menciono este particular?. Porque la obsesión ateísta en su beligerante (y legítima, todo sea dicho) militancia contra los criterios dogmáticos de la religión, llega a mediatizar la categorización de las ideas. Llegan a prostituir la calidad fundamental del razonamiento, su carga de verdad. Un tema sin duda apasionante, que en su momento en Occidente heredamos de nuestros antepasados griegos; la diferencia entre lo que es verdad y lo que no lo es. El relativismo, caldo insípido donde la nada absoluta se encuentra en suspensión, ha diluido esta herencia.

Resulta poco creíble que Noe tuviese algo que ver con la actual biodiversidad. Si me apuran, resulta inaceptable como tésis. Díganme que es un dogma de Fe y lo entenderé. Pero no proclamen su verdad. Lo mismo sucede con el paso de los seres más simples unicelulares, a las células con mitocondrias de los seres complejos, como nosotros. Hemos podido trazar con cierta eficacia, el rastro científico que demuestra como esos organismos complejos han evolucionado y cuales han sido los mecanismos de la evolución. Cierto. Pero no hemos podido determinar el origen de la identidad genética de las especies. Lo que en términos científicos se ha denominado ARN primigenio. Afirmar que el proceso fue “una improbable, imprevisible y feliz casualidad”, es lo mismo que creer en el Arca de Noe. Y este es el gran reto que puede mover a la ciencia a ocupar por derecho el espacio que para sí aún guarda la religión: el origen de la vida.

Lo que sí sabemos, sin lugar a dudas, que todo lo que un ser humano es, o llegará a ser, se encuentra codificado en sus genes desde que es concebido como ser único y diferenciado. No hablo de Noe, hablo de ciencia. Porque esa identidad es unívocamente reconocible como humana desde ese momento.

Otra cosa será, si realmente la vida humana es tan sagrada o tan tabú como se preconiza, en algunos casos, interesadamente. De momento, mientras dilucidan las mentes pensantes cuán sagrado es todo este embrollo, les quitamos el cualificador de “humano” al embrión y, muerto el perro, se acabó la rabia. Ecce la Ley del aborto. Lo que sí me sorprende tremendamente, es la actitud cientista y ateísta ante la insistencia de algunos sectores en defender la vida del nasciturus. Y me sorprende porque han sido precisamente los científicos los que han determinado el origen genético de algunos de nuestros comportamientos, especialmente los orientados a procrear. Si el hombre intenta extender su descendencia como un reflejo genético que garantiza la supervivencia de la especie ¿por qué demonios estos ateístas tienen que achacar a la religión la oposición a la Ley del aborto?. ¿Acaso no es un comportamiento perfectamente justificable por nuestra carga genética, proteger a nuestra prole para que nuestra especie prospere?. ¿Por qué no dejamos por un momento a los obispos que sigan escribiendo encíclicas y pastorales y hablamos de este tema?.

Espada menciona una reunión de científicos y otros entes pensantes, que tuvo lugar el año pasado en Nueva York. A los asistentes les fue formulada una estimulante pregunta: ¿Qué es lo que nos hace humanos?. Y, lógicamente, no hubo consenso en las múltiples respuestas. A mi juicio la razón de la ausencia de consenso es bastante simple; la pregunta no está suficientemente cualificada, faltan datos. No hay mas que repasar algunas de las respuestas que se mencionan en el artículo del blog de Arcadi Espada.

Recordar (¿esto es exclusivamente humano de verdad?), razonar (¿Siempre? ¿en todas las edades?), el lenguaje (¿hasta que no aprendes a hablar no eres un ser humano? pobres sordomudos), generar hipótesis (¿en cualquier edad?), el tamaño del cerebro (¿el de un bebé, el de un adulto, el de un anciano?).

Todas estas respuestas, sin especificar el momento en la vida del ser humano en que se responden, carecen de sentido. Por eso no hay consenso, porque el ser humano, como todo ser vivo, es una potencialidad en evolución. Y lo que le distingue de forma inequívoca del resto de los animanles (cuando consigue distinguirse, claro está) es su genoma. Podrá compartir el 90%, el 95%, el 97% con otra especie, pero no el 100%. Eso es lo que nos hace seres humanos, nuestra identidad inequívocamente grabada en nuestros genes.

Y estos (los genes) están ahí desde el momento en que las células de la mórula comienzan a multiplicarse. Luego este es un hecho científico inequívoco y demostrado. Ahora viene la pregunta de verdad. La auténtica polémica de toda esta historia ¿debemos siempre proteger o evitar acabar a cualquier precio con una vida humana?. Esta respuesta ya no es científica, su respuesta está en otros terrenos. Y tampoco tiene respuestas monocolores.

Estamos ya sobrevolando el Tabú. ¿Alguien dispara primero?

Rog

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