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¡Torero, torero!… corná


OOOOOléeee

OOOOOléeee

Vaya por delante que el hecho cinegético en sí, me produce una enorme indiferencia.

Vaya por delante, que estoy convencido de que, si el Ministro Bermejo y el juez Baltasar Garzón hubiesen tenido el ánimo de contuberniar, lo tendrían fácil para que no trascendiese a la opinión pública. Nada menos apropiado que un fin de semana lúdico.

Y siga por detrás, que si todo un señor Ministro del Gobierno de España (o algo), comete un delito, debe salir por la puerta trasera de la plaza. Sin más.

Cazar sin licencia es, en España, un delito. El que lo hace es, según nuestro ordenamiento, un delincuente.

¿Es delinquir motivo suficiente para que un Ministro abandone su cartera?. Supongo que habrá quien opine que no. Yo aún creo en la autoridad moral.

Pero esto sigue sin ser lo reseñable para mí. Porque el Sr. Bermejo no es víctima de un affaire político. No es el daño colateral de un fuego cruzado. El Sr. Bermejo es sólo víctima de la demagogia de su propio partido, y de su arrogancia. De esa pulsión de señalar siempre la paja en el ojo ajeno.

La socialdemocracia, en su perenne intento de exhibir su superioridad moral, cae una y otra vez en todo aquello que con ahínco, intenta colgarle a su adversario, eludiendo el debate de las ideas. Los socialdemócratas se olvidan de que también son personas, de que también pueden ignorar cómo funcionan ciertas cosas y cometer errores, y que los demás pueden estar también sujetos a esos avatares. Ellos no pueden errar, ellos no pueden jamás no estar en posesión de la razón. Sus causas son demasiado buenas como para que nadie les pueda disputar la razón o cuestionar sus falacias.

El que lo hace [cuestionarlas] sólo tiene un ánimo: acabar con el bien común que ellos, tan sabiamente, representan a todos los efectos.

Luego pasan estas cosas. Un irrelevante hecho cinegético en sí, acaba con la verborrea vacua en cuestión de horas.

Como decía, el Sr. Bermejo sólo es víctima de su propia actitud. Nadie podía haber sido tan eficaz como él mismo y su contumacia para acabar con su carrera de primera línea política. Kaputt. Fin del capítulo.

Me interesa mucho más lo que rodea a Bermejo. La parafernalia de la secta.

Uno espera, en su absurda confianza en que las apariencias son sólo eso, apariencias, que a pesar de los gestos de cara a la galería, las declaraciones grandilocuentes, los chascarrillos más o menos fuera de tono, la demagogia populista y demás lindezas, debajo de esas bocas haya personas que, sabiendo lo que están haciendo, tengan un motivo consciente para actuar de ese modo. Por ejemplo, pensar que el electorado es sensible a determinados mensajes. O que ciertas ideas incitan a una movilización del votante. O que ciertas cosas, dichas con cierto énfasis, generan tensión electoral. A pesar de todo lo anterior, siempre creí que la persona, era consciente de que emitía un mensaje concreto en clave concreta por motivos concretos, aunque supiese a ciencia cierta que las cosas no eran exactamente así.

Bueno, pues esto es falso. No saben a ciencia cierta (ni incierta), que las cosas no son exactamente así. Otrosí digo: están convencidos de que son exactamente así como las expresan.

La bancada socialista se deshizo en enardecidos “¡Torero!, ¡torero!” dedicados a su defenestrado Ministro y compañero entre celebraciones y vítores, a pesar de haber quedado en evidencia que Bermejo había sido arrojado a los leones. Sólo se escenificaba su soledad. Nadie del Gobierno quiso acompañar al Ministro en su personal Gethsemaní. No es momento para una foto inapropiada.

A pesar de ello, los vítores y aplausos, casi más propios de tifossi que de Diputados de una democracia como la del Reino de España, que ya cuenta con más de treinta años (ya da tiempo en treinta años a que los señores Diputados vayan cogiéndole el aire al Parlamento, sus gestos y sus símbolos), fueron rabiosamente incondicionales.

Uno tiene la impresión cuando ve la escena, de que en esos bancos, daba igual poner diputados que maniquíes con un CD Rom pregrabado. Nadie se dió cuenta del hecho político en sí. Nadie se enteró de la fiesta, aunque todos llevaban un matasuegras. Los hooligans hicieron lo que saben hacer: ruido.

Y mientras tanto, el Gobierno daba explícitamente la espalda a su finado. Entre los vítores y alegrías incontenibles de su grupo parlamentario.

Cuando oigo hablar de la calidad de nuestra democracia no puedo evitar asociar la imágen. Porque, al fin y a la postre, ¿qué es la calidad de nuestra democracia sino la calidad de las instituciones, como suma de la talla política de todos y cada uno de los parlamentarios y políticos que participan en ellas?.

Después de lo visto sólo podemos llorar. Nuestra democracia, es un cagarro.

Rog

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