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Saramagazos anticlericales


Saramago

Saramago

¡ Ay, esta izquierda !. Qué triste y lánguido panorama dibuja diariamente en su obsesiva dedicación a la caza del cura. Diríase que la historia no les enseñó nada, y se estaría en lo cierto. Porque la izquierda nunca tiene una referencia empírica, su discurso es el discurso en sí mismo. Refocilarse machaconamente en la idea. En las dos o tres ideas. La Historia no significa nada, los resultados palpables y comprobables no significan nada, las pruebas empíricas no son nada. Todas estas nimiedades son resultado del contubernio de la Humanidad y su Historia en contra de las infalibles dos o tres ideas de la izquierda.

El inefable Saramago, harto pagado por sus impagables (nunca mejor dicho) servicios a la socialdemocracia europea con el premio Nóbel de literatura (sic), se encuentra ofendidísimo ante el hecho de que el Gobierno de España (también sic), no le haya tirado un zapato a la cabeza a Tarsicio Bertone. No soy capaz de determinar con mucha precisión si el zapato deberían ser unas sandalias de reportero islamista Suní, unas Nike talla Magic Johnson, o unos zapatos de tacón de Maria Teresa Fernández de la Vogue para satisfacer las iras anticlericales del laureado plomo literario. Lo ha escrito en su blog, martillo de derechas y luz de sans-coulottes y parias de la Tierra y planetas adyacentes.

Podía hacer un chiste fácil, irreverente y maleducado manifestando que a ciertas edades la lucidez le abandona a uno. Pero en el caso de Saramago sería una tremenda falsedad, además de un imperdonable acto de descortesía. No puede jamás abandonarle la lucidez que nunca tuvo, a pesar de lo que manifieste al respecto la imparcial (otro sic) academia sueca.

Critica Saramago el lujo con el que visten los cardenales, evocando las imágenes de una película de Fellini y contraponiendo a su indumentaria, la humildad de la que Jesús de Nazareth empleó en su vida. No tengo ni la más remota idea, francamente, de cómo este señor puede saber qué ropa llevaba Jesús de Nazareth, si (en relación con sus conciudadanos) vestía pobre, rica o mediopensionistamente. Pero en cualquier caso me parece cansina la invocación que siempre se hace a éste particular. Porque nunca he visto a los socialistas europeos precisamente con un taparrabos y un lienzo tejido por ellos mismos, para emular a Ghandi y solidarizarse con los parias. Ni siquiera le he visto jamás al Sr. Saramago bajarse de carísimos trajes con los que recibe gustoso los estipendios por su apoyo a la causa. La izquierda política, a excepción del márketing castrista del Sr. Sánchez Gordillo, alcalde de Marinaleda, que luce poncho rayado y abundante barba a lo Fidel, siempre se ha vestido de forma impecablemente cara. Vicios de nuevos ricos.

Quizá la diferencia es que la Iglesia se viste de aquello que voluntariamente les dan, y otros se visten de lo que involuntariamente nos quitan. Para mí es una diferencia importante, aunque el Sr. Saramago siga añorando al sastre de Jesús de Nazareth para vestir a otros, claro.

Dice: “Estos señores se suponen investidos de un poder que sólo nuestra paciencia ha hecho perdurar“. Ya es mucha paciencia más de dos mil años. Debería notar el señor Saramago que, frente a la poca paciencia que la Humanidad ha tenido para las doctrinas que él defiende, algo más que paciencia debe orlar a los misteriosos habitantes del Vaticano. Si yo fuese Saramago, aparte de dedicarme a los libros de cocina portuguesa, me plantearía si realmente el mérito de la supervivencia de la Iglesia es atribuible a la paciencia de la izquierda (cuando dice “nuestra” entiendo que es de los que piensan como él, no la del Mundo, de la que quizá el Sr. Saramago pretenda hacerse portavoz) o a la inteligencia desplegada por la Curia Vaticana a lo largo de los Siglos. Yo me apunto personalmente a la segunda respuesta. Porque paciencia, lo que es paciencia, no creo que puedan atribuirse los anticlericales militantes. Desde 1931 a 1936 en España, y sin mediar provocación, asesinaron a más de 4.000 personas relacionadas en algún modo con la Iglesia. Mendizábal tampoco exhibió mucha paciencia, ni los que a la sombra de la desamortización hicieron su agosto expoliando los bienes culturales de iglesias, conventos y ermitas. Extraño concepto de paciencia.Y se queja de que los eclesiásticos empleen medias verdades. Pobrecillo.

Sigue Saramago, poniendo de manifiesto su inquietud ante los resultados económicos del Vaticano. Una preocupación loable. Puesto que de esos dineros, además de túnicas y báculos, se paga la obra social de la Iglesia en el Mundo. Aspecto éste que Saramago pasa por alto, supongo que por un momento de debilidad memorística. Y dice: “Los señores cardenales y los señores obispos, incluyendo obviamente al papa que los gobierna, no están nada tranquilos. Pese a vivir como parásitos de la sociedad civil, las cuentas no les salen.”. Ahora hagamos un pequeño ejercicio de abstracción, e imaginemos que en este párrafo, cambienos a cardenales, obispos y al mismo Papa por (por ejemplo): sindicatos, cineastas españoles, ONGs progres, SGAE, y la miríada de asociaciones que al calor de la pasta ajena congrega siempre la progresía patria. ¿A que parece la frase hecha adrede?. No he podido evitar, al igual que al Sr. Saramago le vienen las imágenes de Fellini (a mí siempre se me aparece Sama Hayek en “Abierto hasta el amanecer” de Tarantino), evocar a todos estos “agentes” sociales, altamente patógenos. Prefiero que mis impuestos financien a la Iglesia. Al menos no tendré que pagarle las risas a un porreta con rastas que se permite el lujo de insultarme siempre que tiene la ocasión.

No sé, realmente (y la verdad, no me quita el sueño) si la Iglesia se hunde, cabalga gallarda, o disminuye su caminar. No tengo ese ávido interés por seguir sus avatares financieros, ni (todo hay que decirlo) de muchos otros tipos. Pero lo que inexorablemente se hunde como un Titanic en nuestra sociedad es el estado del Bienestar. Ese régimen por el cual unos viven a costa de otros, agradeciéndole a un tercero el hecho mediante el voto. Ni la emblemática Suecia ha podido soportar tal dispendio y barbaridad. Es el último reducto ideológico de la izquierda, que hace agua y anega ya la cubierta de camarotes. Quizá tengamos que hundirnos todos con el barco un tiempo, pero al salir a flote, el último recurso de obtener votos (el expolio del fruto del trabajo y el esfuerzo personal) se habrá acabado para algunos. Volverán al valle de lágrimas que supone tener que ser buenos en lo que hacen para poder vivir. C’est fini!, se acabaron los eslóganes rentables.

Al Sr. Saramago le ofende la displicencia de nuestro gobierno con el representante de otro gobierno. Y le ofende como persona, como ciudadano y como intelectual. ¿Han leído ustedes en algún sitio tamaña arrogancia?. Sin duda la izquierda se parece a la Iglesia más que lo que sus seguidores quisieran. Del mismo modo que la Iglesia pretende con arrogancia delimitar la familia a “su concepto” de familia, la izquierda pretende delimitar el concepto de persona, ciudadano e intelectual a lo que ellos entienden que deben ser cada una de éstas cosas. Cuando el cardenal no lleva mitra, va vestido de Armani. Dudará el Sr. Saramago de la intelectualidad de alguien que no quiera tirarle un zapato a un Ministro del Vaticano, o quizá pensará que no es ciudadano, o peor aún, que no es persona. Y si no es persona ¿tendrá derechos?. Y si no los tiene, ¿se le puede tirar otro zapato?, o mejor aún ¿se le puede encarcelar?.

Quiero agradecerle al Sr. Saramago en nombre del Camarlengo Vaticano la elección del zapato como arma arrojadiza. Hubiese sido mucho peor cualquiera de sus libros.

Rog

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