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El enemigo


En las vísperas de los comicios patrios, se ha convertido en un rito inevitable de la liturgia socialdemócrata el señalamiento del enemigo. Los socialistas de Zapatero necesitan algo contra lo que votar. El razonamiento es plausible, votar a favor de lo que tienen resulta inaceptable. Ergo han de votar, preferiblemente, en contra del ente odiado.

El gobierno no es insensible a este comportamiento del electorado. Y no lo es porque lo ha fomentado conscientemente de forma repetida en todos los comicios desde el 2004.

En aquel año infame los socialdemócratas, pacifistas y dialogantes, a golpe de linchamiento callejero y pedradas en la fachada de la oposición, señalaron a Aznar como culpable del atentado del 11M. Era el enemigo. Digo enemigo, y no rival. El sentimiento de odio y rabia desatados desbordan la sana frontera de la rivalidad para entrar en otros terrenos.

En Marzo de 2008, fueron la Iglesia y la Guerra Civil. La campaña electoral, catálogo socialista de engaños a aquellos que les otorgaron el voto bajo el eterno yugo del odio, se cerró con ese “¡no pasarán!” de un Montilla enardecido dirigido a sus electores. De nuevo se legitimó el odio tribal en las urnas. Triunfaron, una vez más, la división y las entrañas.

En nuestro país, pocas iniciativas motivan tanto a las masas como el odio al adversario. Esa transmutación psicológica por la que un rival se convierte en encarnizado enemigo. El partido socialista ha nutrido esta liturgia con el alimento de las causas más potencialmente letales. Memoria Histórica, Estatut, EpC. No han faltado ideas eficaces para garantizar el permanente enfrentamiento social.

Ahora el enemigo es la banca. Una de las condiciones indispensables para que el odio opere en toda su intensidad es que sea un odio nuevo. El odio en el tiempo se vuelve reflexivo y pierde la necesaria esencia sanguínea. Pierde intensidad. Los odiadores comienzan a pensar y pueden verse tentados de analizar las razones objetivas de su odio. De averiguar que su odio fue, sólamente, un cartel electoral manipulado. El odio se atempera y deja paso a la razón. Aznar, la Iglesia Católica y la Guerra Civil son odios gastados. Hay que renovarse.

La banca representa el blanco ideal. Tiene todos los ingredientes que el votante socialdemócrata necesita para constituir unas bases suficientemente desgarradas de odio. Representa al capital, la riqueza, el dinero. Y ha sido señalado ya por el gobierno como el sector culpable de los males globales. En los oscuros despachos de la banca, nadie sabe qué oscuros intereses se mueven ni quienes moveran los hilos. ¿Será el Opus Dei? (¡OOOhh!), ¿Será el club Bilderberg? (¡AAAhhh!), ¿estarán los constructores manipulando la concesión de créditos para poder despedir a los indefensos trabajadores? (¡UUUhhh!).

Y como nadie sabe qué pasa en los oscuros despachos, lo mejor es imaginarlo. Ponerle voces, sombras, signo político. Porque todos los socialdemócratas saben, sin lugar a dudas, lo que sucede en esos despachos. Aunque se esfuercen tanto los banqueros por ocultarlo.

Dinero y oscurantismo. Crisis y poder económico. ¿A quién puede odiar un socialdemócrata más que a todo ello?.

Venga, chicos. ¡¡ No pasarán !!

Rog

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