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… y a su barco le llamó “Libertad”

octubre 21, 2008

Ayer noche perdí un amigo. No lo he sabido hasta esta mañana.

Veréis, posiblemente no debería llamarle amigo, tuve con él contadas ocasiones de contacto. Esa es la verdad. Pero deseaba tanto poder haber sido su amigo, haber merecido esa distinción, que la tristeza que me invade sólo puede ser explicada por ese motivo. No puede ser de otro modo.

Destilaba ternura. Ese halo de amabilidad y cariño que a veces irradian algunas (pocas) personas y que te envuelve por completo. Su inmensa fortaleza humana contrastaba con la injusta fragilidad de su salud, que era capaz de eclipsar con sin par elegancia. Era tanta la fuerza que podía intuirse en su porfunda comprensión de las personas que siempre me causaba admiración. Esa admiración que anhelé, a su vez, que en algún momento me profesara.

En su vida profesional desempeñó cargos muy relevantes, pero creedme si os digo que eran lo menos relevante que mi amigo atesoraba. Su imagen se alza discreta, pero magnética y entrañable, entre las caras alegres de los comensales de alguna reunión de viejos conocidos. Su leve sonrisa y su mirada abierta, su voz suave y su tono siempre relajado, ¿cómo puedo guardar tantas sensaciones de tan poco tiempo compartido?.

Y sin embargo, las guardo. Recuerdo también hasta los finos golpes de su inteligente humor. ¿Por qué?.

Cuánto lamento, amigo, que te marches sin haber podido hacer verdad mi anhelo. Cuánto lo lamento. Y cuánto lamento que tu hijo no pueda más veces cenar contigo un lenguado, que es el único pescado que le gusta. Qué momentos tan difíciles. Cómo desearía poder absorber algo de su dolor. Pero ya sabes, los duelos son de cada uno. Nadie puede sufrirlos por nadie.

Cuánto me hubiese gustado llevarte a solas conmigo en un velero, y mostrarte la fuerza del Atlántico, la frescura de sus vientos y la belleza de su costa y que me admirases por ello. Que olvidases por un momento que existe tierra y que disfrutases por una vez en mi mundo. Y ahora embarcas en solitario y sueltas amarras, antes de que ni siquiera te hubiese invitado a acompañarme. Supiste finalmente que a navegar se aprende navegando.

Y mientras tu vela se difumina poco a poco a lo lejos, te envuelven los versos eternos, anónimos, que hablan del amor y de la desesperación, de alguien que te ve marchar desde la orilla y cuyo corazón llevas por todo bagaje. El corazón de Ella.

“Tant’amare, tant’amare,

Habib, tant’amare

enfermiron uellos nidios

ya duelen tan male.”

Adiós, mi deseado amigo. Buena proa.

Rog

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