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La falacia de la Solidaridad


duranilleidaTiene mucha razón el Señor Durán i Lleida en solicitar la publicación de las balanzas fiscales. Mucha razón. Pero quizá no tanto desde su perspectiva como desde otra muy diferente; la utilización que esos monstruos insaciables en que se convirtieron hace tiempo las Comunidades Autónomas, hacen del dinero de todos. No sólo del dinero de los ciudadanos de Cataluña.

Desde el punto de vista del concepto socializante de la “redistribución de renta” (sustraer coercitivamente y contra su voluntad el dinero a los ciudadanos para repartirlo arbitrariamente entre los más hábiles capturadores de rentas públicas, engordando a su vez la maquinaria opresiva del Estado) los territorios, representados conjuntamente con su ciudadanía en Comunidades Autónomas, no tributan. Y la realidad es que no tributan, sólo consumen recursos públicos. En verdad, el Señor Durán (y los nacionalismos en general) pretenden un absurdo juego de manos semántico; hacer pasar por generador de riqueza y por contribuyente a quien sólo es un hábil capturador de renta pública; las Comunidades Autónomas. Lo justo sería saber cómo gastan sus recursos las CCAA y si, por ejemplo, las pseudo-embajadas que cuestan a los ciudadanos Catalanes 25 millones de euros, no habrían podido pagar unos cuantos peajes, o un colegio donde los hispanoparlantes hubiesen podido ejercer libremente sus derechos constitucionales a la enseñanza en la lengua común de todos.

Pero el Señor Durán, tiene un punto de razón en lo que solicita, como dije antes. Y lo tiene desde la perspectiva de afirmar que la solidaridad no puede ser una solución para siempre, sino temporal. Una Comunidad Autónoma no puede siempre ser “pobre entre los pobres”. Máxime cuando ha recibido durante décadas fondos del Estado y de la CE suficientes para salir adelante. La supuesta solidaridad (que discutiré después) se convierte entonces en la sopa boba. Y este enquistamiento del subsidio colectivo, como la historia muestra, sólo contribuye a instarurar una dependencia endémica. Desde la rázón incuestionable de ésta afirmación de Durán i Lleida, sólo tengo que objetar que tanto en mi caso personal, como en el de muchos contribuyentes que trabajan todos los días, no puede pretender atribuirse en exclusiva la carga del subsisdio a los contribuyentes de Cataluña, pues la sufro (junto con muchos conciudadanos de todos los rincones del país) en mis propias carnes todos los meses. La balanza fiscal es, pues, una mentira contable.

La Solidaridad se define como la adhesión circunstancial a la causa o la empresa (como proyecto, como objetivo se entiende) de otros. Pero la solidaridad pierde todo su significado cuando no es espontánea, cuando no surge de la actitud personal del ciudadano solidario. No existe la solidaridad social, existen ciudadanos solidarios. La Solidaridad no es generalizable, no es un atributo nacional, nace de convencimientos íntimos y personales.

La redistribución de rentas no es un acto de solidaridad, porque no nace del convencimiento de todos los contribuyentes. Por eso se les llama contribuyentes, y no ciudadanos solidarios, porque su solidaridad no es constatable desde el momento en que dejar de contribuir es un acto castigado por la Ley. ¿Puede elegirse, pues, contribuir o no?, no se puede. Si esto es así, la redistribución de rentas mediante los tributos no es un acto solidario ni se puede ennoblecer falazmente la acción de la Agencia Tributaria y por extensión del Estado mediante la palabra solidaridad.

Otro de los requisitos de la Solidaridad, es que los recursos con los que se ejerce son propios. Ser solidario con recursos ajenos no es ser solidario. Un Estado no puede ser solidario jamás, pues todos sus recursos pertenecen a los ciudadanos, a quienes ha despojado previamente de ellos.

Que nadie se equivoque, no pretendo discutir la necesidad de los impuestos (que reconozco sólo hasta cierta medida), sólo niego el carácter solidario del contribuyente y de quienes juegan con su dinero para satisfacer sus anhelos de poder. Lo que en cualquier caso sería exigible es que dejasen de jugar con las palabras y los conceptos y llamasen a las cosas por su nombre.

Rog

 

 

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