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Morir sin nacer. Matar por acuerdo


embrion
Mi admirado Arcadi no deja de ser fuente de encuentros y desencuentros a los que mi rutina diaria ya no puede sustraerse. Me he convertido en un adicto sin paliativos. Quizá el contraste entre el agudo filo demostrado por su pluma en la disección de muchos asuntos y el torpe y romo borde de tijera de pescado que exhibe en otros, provoca una fascinación inigualable en la voracidad de mis atribuladas neuronas. Sin duda un acicate para mi despertar cotidiano a la observación del pensamiento ajeno.

Arcadi considera el uso del verbo matar incompatible con el sujeto pasivo feto en su artículo de análisis de “El Mundo por dentro“.

Cuando emito una opinión, quizá por herencia cultural o por esa manía reverencial a hacer honor (sin quererlo) al “magister dixit”, tiendo a valorar las de los demás en función de la imagen de prestigio que guardo de sus promotores. Se me hace muy complicado, por decirlo en castizo, pretender ponerle las peras al cuarto a todo un profesor de periodismo de la Pompeu Fabre. Pero hay ocasiones en que la razón se impone a la reverencia. Y entiendo que así ha de ser cuando los fundamentos del convencimiento son sólidos. Un magisterio no aplasta a una razón, sino la solidez de la argumentación en contra. El magister dixit, como consecuencia de lo anterior, se convierte en un enemigo del razonamiento cuando el maestro retuerce con interés las premisas para sostener sus tésis. Es, probablemente, uno de los efectos colaterales de un dogmático ateísmo militante, iluminado por el brillo de Dawkins y sus enfervorizados apóstoles.

La sensibilidad del señor Espada, según sus propias palabras “se ve muy afectada por el verbo matar“.  De tal modo que afirma que si “creyera que el verbo matar es compatible con el feto” se declararía contrario al aborto. “Yo no mato nada”, afirma solemne mi admirado escritor y cronista. Y al leer esta última frase vuelve a resonar en mi cabeza la lapidaria sentencia medieval latina “excusatio non petita, accusatio manifesta”. El maestro realiza aquí un curioso razonamiento circular: la razón evidente por la que se deduce sin lugar a error que el aborto no es matar, es que don Arcadi, que no mata a nadie, no se opone a ello. Magister dixit.

Más adelante, afirma con contundencia “Matar es verbo para el nacer. De otro modo el acuerdo es imposible”. La premisa aquí me resulta preocupante desde la perspectiva moral que se atisba. Porque el primer consenso necesario para el establecimiento de posteriores acuerdos, es el empleo de las palabras. Para consensuar, debemos establecer unos significados comunes sobre las mismas. Conceptos homogéneos que sirvan para describir con precisión el objeto de la discusión. La base para una discusión honesta y transparente es un acuerdo inequívoco sobre el sentido de las palabras. Y en ese punto, Arcadi vuelve a tender una sutil trampa dialéctica afirmando que matar no puede tomarse simplemente como el atajo léxico de “quitar la vida”. La trampa no reside en el uso o no del verbo matar, sino en la manipulación del verbo, negando su significado, consignado como primera acepción del mismo en el DRAE. La reducción del significado conocido al estatus de eufemismo sólo puede responder a la incapacidad de establecer premisas racionales que permitan, sin lugar a dudas, sustituir el verbo por otro que refleje con justicia el sentido de la acción. De este modo, Arcadi reconoce implícitamente la pertinencia del uso del denostado verbo matar sobre el sujeto pasivo. Para evitar sus severas consecuencias, acaso en el ámbito de la conciencia, opta por sustraer al verbo su legítimo significado. La ética magisterial arroja en ese intento un saldo decepcionantemente negativo. Los eufemismos esconden casi siempre las pelusillas del polvo de la conciencia personal, son su alfombra preferida. Por eso son tan empleados por los políticos.

Una vez construido el sofisma, lanza un forzado ataque sintáctico contra los grupos provida: “Contra lo que se pudiera sospechar están reduciendo [los grupos mencionados] el nacimiento a un trámite banal. Pero no siempre se puede ganar la mano de farol, en algún momento, un jugador decidirá ver tus cartas aún resignado a priori a perder. La importancia del trámite no ha quedado establecida, a pesar de los intentos del Sr. Espada por otorgarle esa importancia decisiva que reside en constituir la frontera del empleo del verbo (nada menos). Y es ahí, realmente, donde el acuerdo no se sostiene. El tránsito vaginal de un feto como confirmador último del derecho a la vida. La vagina como transmutador eucarístico. La diferencia entre que te maten o que prescindan de tu presencia por motivos terapéuticos con beves horas de intervalo mediante. Me pregunto si el Señor Espada ha reflexionado con suficiente intensidad científica sobre el particular. Porque no puedo evitar formularme una cuestión elemental a la luz de sus afirmaciones.

Si Don Arcadi afirma que el tránsito vaginal (o la cesárea), otorgan el sentido definitivo del término vida, es decir, que en el momento del nacimiento el feto pasa de ser un mero quiste femenino a una persona con derechos, a través de una desconocida transmutación corporal, está obviando décadas de conocimientos y práctica médica en el ámbito de la ginecología y la obstetricia. Si un feto muere, cosa que sucede y existen datos empíricos, es que estaba vivo y no otra cosa, de lo contrario, no es que sólo no se le pudiese matar, tampoco podría morir. Todo ser vivo que muere, puede ser matado, y no conozco ningún caso en el que no suceda así. Y puesto que es así, el verbo matar es perfectamente aplicable al feto como ser vivo, que puede morir.

Existen verbos no aplicables a los fetos, como el verbo estafar, o el verbo despedir, o contratar, o multar. Pero desgraciadamente sí es justamente definible para algunas de las acciones ejercidas sobre ellos el verbo matar. Y no pretendo aquí juzgar las motivaciones o la conveniencia de la acción, sino la precisión en la aplicación del verbo que Don Arcadi pretende evitar. Precisión que otorga al verbo una absoluta justicia. El feto tiene vida, y esto para mí es incuestionable. Su vida es dependiente de la de la madre, pero no por ello es menos vida, puesto que después de nacer se mantienen gran parte de esas dependencias, si cuya atención el bebé nacido también perecería. Su cuerpo es suyo, no de la madre, como no lo es del padre. Sus sensaciones son suyas. Sus momentos de placidez, de enojo y de juego en el útero son sus propias experiencias, sólo compartidas por la madre a través de la percepción de sus movimientos.

Don Arcadi, el feto está vivo porque lo he visto. No preciso fe ninguna en lo que digo, porque el conocimiento, como bien sabe, es enemigo íntimo de la fe. No se puede tener fe en lo que se sabe. He visto a mi hijo con sólo cinco meses de gestación frotarse los ojos con sus puños cerrados, le he visto abrir y cerrar las manos y esconder la cara contra la pared del útero. A lo mejor, Don Arcadi, la diferencia entre matar a un feto y a un neonato sólo estriba en que, en el caso del feto, su invisibilidad manifiesta nos permite sustraernos al horror de la muerte. El vientre materno supone aquí una cortina infranqueable que aparta de nuestra vista la incuestionable justicia del uso del verbo que su sensibilidad tanto denosta; matar.

Entiendo que aceptar el “milagro” de la vida, aún entendiendo como tal la probabilidad infinitesimalmente pequeña de que algo ocurra, tiene serias implicaciones desde algunos puntos de vista que Don Arcadi ha manifestado reiteradamente. Pero ciñéndonos al más férreo empirismo cientista, jamás pudo reproducirse en laboratorio el momento en el que dos células adquieren casualmente la infomación genética precisa para configurar un organismo complejo, como el organismo humano. La definición matemática del término milagro sólo pretende aquí aclarar el sentido de la afirmación hecha para permitir un juego transparente, el mismo que se niega en las afirmaciones de Espada. La vida humana es, sin duda, un milagro. Milagro que se configura mucho antes del nacimiento, de ese trámite banal. No hay nada después del tránsito que no existiese antes. No hay cambios sustanciales, sino un nuevo medio de desarrollo para el ser humano, una independencia para ciertas funciones vitales. Si acaso.

El acuerdo no puede residir en el consenso administrativo sobre la condición legal de un ser vivo. El acuerdo sólo será posible cuando el debate sea honesto. Cuando las palabras empleadas en el debate, expresen con precisión la realidad. El acuerdo no puede ser que un ciudadano judío, sea legalmente considerado un ser infrahumano o previo a la condición humana, porque entonces el holocausto pierde su brutal y criminal sentido histórico, para convertirse en política social.

Rog

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Categorías:Uncategorized
  1. marzo 19, 2008 en 4:30 pm

    Veo que en esto sí aplicas bien la lógica, Rograbbit. Creo que no hacía falta extenderse tanto para replicar a Arcadi (basta con decir: matar es verbo para el vivir, no sólo para el nacer, que por cierto implica vida previa), pero ya me gustaría a mí que fueras igual de lógico al hablar de otras muertes, como las de la guerra contra Irak.

    Estas últimas, además, las sufren personas plenamente conscientes (y cuando digo las “sufren”, me refiero también a los allegados que quedan vivos). Soy antiabortista, pero justo por ello soy aún más antibelicista. Y más cuando se trata de una guerra tan sucia y mentirosa como la que promovieron los genocidas Bush, Blair y Aznar, pobres infelices que tendrán que dar cuenta de sus actos.

    Por cierto, ya tienes respuesta en nuestro blog.

    Un cordial saludo.

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