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Zaplana


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Siempre he sostenido que la pasta de la que están hechas las personas (e igualmente, los personajes), se calibra certeramente cuando las cosas van mal. Cuando todo va bien, todos somos capaces de brillar y hasta parecer el alma de la fiesta. Cuando la música se silencia, cuando el neón se apaga y las luces se enfrían, sólo unos pocos se quedan en el local a recoger la porquería y ponerlo todo en orden. En resumen, a dedicarse a la limpieza.

Todos los liberales deberíamos sentir la marcha de Eduardo Zaplana. Sin excepciones. El motivo más evidente que sostiene mi afirmación es la alegría generalizada en las filas del enemigo. En la derecha aún no hemos aprendido a interpretar estos signos tan evidentes. Así nos luce el pelo.

Eduardo Zaplana convirtió una de las plazas señeras del poder socialdemócrata, Valencia, en un bastión del liberalismo constitucionalista. Ha bregado en la peor situación de los Populares con el trabajo más farragoso en las sesiones de control. Por eso a la izquierda le desquicia Zaplana, porque es un duro fajador. Porque no tiene complejos y sus dardos dialécticos son certeros, rápidos y efectivos. Por esto la izquierda le detesta hasta el paroxismo. A nadie se le escapa que con dos o tres Zaplanas bien situados, estas elecciones hubiesen tenido otro color (sin desmerecer al extraordinario Dani Sirera, que en pocos meses ha obtenido un resultado brillante en Cataluña).

Mientras Zaplana insistía una y otra vez en la necesidad urgente de averiguar la verdad sin fisuras del 11-M, en su propio partido, los acomplejados mediocres miraban para otro lado. Cuando no alababan la “brillante instrucción” que ha condenado sólo a tres “radicales islámicos” (uno de ellos de Asturias y dos porteros de discoteca), acobardados ante los micrófonos de la corte mediática políticamente correcta.

Sorprendente actitud esta para un asesino de “derecha extrema” (no se si este es el nuevo eufemismo progre que describe a un BorjaMari haciendo parapente). Pienso para mis adentros, que sólo el que tiene interés por pasar página “como sea“, tiene su conciencia manchada.

Zaplana se queda, pero abandona las portadas. Hace bien. Que ponga la cara el que ha perdido las elecciones, que no es ni más ni menos que Don Mariano. Ahora todo son cánticos de alabanza al líder. Todo parabienes y loor. Alfombra de pétalos de rosa servida a diario en Génova por Gallardón vestido de paje nupcial. Después de que pocas horas antes, nadie se rifaba ni un despacho en la sede.

El gran político ha dejado con su gesto el camino marcado para que otros tomen nota. Así lo han decidido las urnas, así ha de ser. Una lección de democracia que el esforzado Rajoy debería poner en práctica. No deseo quitarle méritos tampoco al Líder. También tuvo que bailar con la más fea. Pero las elecciones no se ganan hoy con ideas ni con política, a la vista está. Se ganan o se pierden con fotogenia. Y de ésto, Don Mariano, lamento decirle que vamos mal.

Espero que en Congreso, demuestre que el gesto de Zaplana no ha sido en vano y haga honor a esa flema que le adorna, cerrando la puerta con suavidad después de salir de su despacho.

Rog

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