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El triunfo de la pose


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En un debate televisivo, gana el que consigue hacer creer a todos que ha ganado. Es parte del show business. Puro continente, liturgia implacable de la gestualidad. En el universo gestual, en el mundo de las fachadas, Pizarro nunca ha sido un rival para Solbes. Una fachada apagada en medio de una avenida repleta de luces que, sólo cuando intentas entrar en uno de los resplandecientes edificios, te das cuenta que es un gran plató vacío, y no Las Vegas. Sólo está el desierto de Nevada. Pero para destapar eso, había que derribar de una patada los mal colocados puntales de madera corroída.

Pizarro, posiblemente maniatado por los asesores de Génova, sólo apuntaló las fachadas con su guante blanco y Solbes brilló, con sus trastiendas vacías y tramposas. Solbes ganó el debate, porque como dije, gana el que consigue hacer creer que ha ganado. Poco importa el contenido. Ganó y punto. Y Pizarro deambuló apagado entre el teatro de farolillos y luces de neón desplegado por el mayor artífice de crisis económicas del país (descontando a Solchaga), balbuceando artificialmente reiteradas loas al improvisado catedrático de plató.

Poco importan los datos de la votación de la audiencia, creo que todos sabemos de dónde salen los 47 puntos de Solbes y los 37 de Pizarro. PSOE, IU, BNG, CiU, PNV… ninguno de esos votos, obviamente puntuaron a Pizarro y sí muchos en contra con gran probabilidad. Pizarro recibió los votos de los suyos, y quizá no todos. El 15% restante del “no sabe, no contesta” podrían haberse sumado a los 47 puntos sin ningún problema. Si nada saben, sólo les llegó la suficiencia magisterial de Solbes, percepción para la que no hacía falta saber nada, y la adulación rayana en el servilismo que Pizarro, quizá obligado, puso a los pies del infausto prócer del déficit público. Si tan buen ministro de economía le parece a Pizarro el Sr. Solbes, los telespectadores se preguntarán para qué, entonces, han de cambiarlo.

Del Pizarro de la pre-campaña sólo quedó un débil dibujo manoseado, pintado a carboncillo y difuminado en sus contornos y formas. Si hubiese sido capaz de esgrimir, con la contundencia que en su momento cogió en sus manos la Constitución e hizo frente a un Gobierno intervencionista desde la desventaja, la mitad de los argumentos que de su boca he oído, Solbes hoy sería un cadáver mediático. Carne de pasado.

Como liberal, me salen sarpullidos ante algunas respuestas inesperadas de Pizarro (inesperadas para mí). A la pregunta de “¿entonces ustedes pretenden cambiar la política de vivienda?”, la respuesta debía haber sido clara: “Efectivamente, un desastre prolongado no se prorratea, sino que se enquista”. Ante la pregunta sobre pensiones la respuesta debería haber sido igualmente clara: “Usted sabe (y si no lo sabe, poco me puede enseñar) que el actual sistema no se sostiene. Hay que modificar y complementar el sistema de pensiones”.  Y Solbes sabe pefectamente, que el sistema de pensiones implantado (con éxito, por cierto) por Pinochet, lo mantiene hoy día el gobierno de la presidenta Bachelet, con lo que su legitimidad viene del actual gobierno chileno, es incuestionable.

Dejar vivo (dialécticamente) al “catedrático”, con el historial que tiene a sus espaldas, sólo puede tener una explicación; Pizarro perdió el debate de las poses, forzando la suya. Es el único terreno donde Solbes puede enseñarle algo.

Y a fe mía que se lo enseñó.

Rog

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