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De ateos, Iglesias e Islamistas


arcadi 

Mi escasamente disimulada admiración por la afilada capacidad de análisis de Arcadi Espada, excelentemente armada por su fresca y vital prosa, me había puesto en la senda de la lectura de algunos referentes mencionados en sus textos. Si uno ha de confesarse, pues a ello sin pudor. He compartido con mucha frecuencia el sentido de las reflexiones del periodista y escritor. No todas, ciertamente, pero he coincidido con su razonamiento en un elevado porcentaje de momentos.

De este modo llegué a apetecer la lectura de Pla, Dawkins y la del mismo Arcadi. No me privé, pues, de acompañar al clarividente autor por el universo humano y social del Río Ebro en “Ebro/Orbe”. Lectura que disfruté más en su primera parte que en el viaje final por tierras levantinas, ya en el trasvase. Posiblemente mi origen aragonés tuvo algo que ver con ello, aunque sigo convencido de que no acertó a conservar la agilidad en todo su relato y que, lo mismo que las jóvenes aguas del Ebro descienden con fuerza en sus inicios, se templan al llegar a las llanuras y se hacen más planas, apacibles y, en cierto modo, aburridas. El progresivo acompasarse del ritmo del relato a la bravura del río me ofreció un final algo decepcionante, aunque el conjunto mereciese (y merezca) la pena. Caudal, lo que es caudal, haylo. Doy fe.

Josep Pla sigue en mi ávida agenda, y aún ha de esperar a que concluya “Las Benévolas”, de Littell y un pequeño periplo por Ortega y Gasset. Sin embargo estoy a punto de descolgar a Dawkins, especialmente si sus efectos secundarios se traducen en los síntomas que Don Arcadi evidencia en su blog el 6 de Febrero. El ateísmo posee ciertas señas de identidad irrenunciables, casi dogmáticas (paradójicamente). Ideas que se destilan entre afirmaciones y razonamientos superficialmente urdidos. Una fachada apuntalada en un poblado del Far West.

Negar a la Iglesia Católica el derecho a formular opiniones políticas es, no sólo negar el derecho constitucional a la libertad de expresión dentro de los límites de la Ley, sino negarle la esencia de su función terrenal. Y por extensión la de su supuesta función divina. Gestionar, pues, la eternidad, no es la misión de la Iglesia. O al menos, no la única.

A mi juicio, que las asociaciones islámicas soliciten el voto para el PSOE, ni es malo, ni debería ser vetado, ni siquiera es sorprendente. La temporal confluencia de intereses del islam y la socialdemocracia europea así lo justifica. Adicionalmente, estas manifestaciones explícitas contribuyen a una mayor claridad ante la ciudadanía. Ciudadanía que no puede ser educada para serlo, sino en las reglas del juego que serlo conlleva. Cuestión esta muy diferente.

Parece razonable, pues, que exista una sintonía entre organizaciones que propugnan una moral cristiana, aunque sean de diferente naturaleza; la Iglesia y los partidos cristiano demócratas. Las denominaciones de ambos son suficientemente explícitas como para no precisar mucha profundidad en las aclaraciones. Cualquier equívoco a este respecto ha de ser un equívoco forzado.

Explicar en este momento las diferencias esenciales entre el Estado Vaticano y una Teocracia islamista resulta un ejercicio de dudosa utilidad. Explicar la diferencia entre la participación de la Iglesia en las sociedades democráticas y la del Islam allí donde gobierna es un ejercicio estéril por lo evidente.

El problema no es, ni mucho menos, que el Islam apoye a un partido, critique un periódico, o a un escritor. Estaría en su pleno derecho aunque no se lo concediese (como así sucede) a sus propios ciudadanos. El problema es que cada vez que lo hace, peligra la yugular de un ser humano, o alguien pierde la vida directamente, entre las ruinas de una embajada en llamas. 

La misión de la Iglesia no puede ser, pues, callar. Sino manifestarse. Declarar, opinar, rechazar o aplaudir, señalar claramente a sus fieles cual es el camino. Y digo a sus fieles, a aquellos que, voluntariamente, eligen seguir sus preceptos. Es el trabajo del pastor, que guía a su rebaño (desafortunada parábola, especialmente para el feligrés). La Iglesia crea estados de opinión, pero sólo entre aquellos que deciden acogerlos. Eso mismo hacen los partídos políticos, eso mismo hacen los medios de comunicación. Y luego, la gente, actúa como le parece. Al menos, hablando sobre la Iglesia, tienen la oportunidad de decidir, pues no es obligatorio para el que no cree ni practica.

El Islam, donde gobierna, también crea estados de opinión. Con un resultado bastante más desalentador para los que tienen el coraje de mostrar su desacuerdo. Silenciosa minoría.

El desprecio por el agnosticismo sólo puede ser consecuencia de una asimilación (empacho) de Dawkins más allá de la mera digestión teórica. Porque, francamente y si somos rigurosos, me parece la postura más científica. Entiendo la interpretación de esa equidistancia interesada entre fe y ateísmo, pero su extensión a la generalidad de los agnósticos es un claro síntoma de sectarismo ateo. En buena lid, podrían criticarse ciertas argumentaciones agnósticas, pero no parece muy fundamentado en la razón, basar una crítica generalizada en una arbitraria asignación de sentimientos.

Por otra parte, las ciencias emplean diversos métodos para evolucionar y desarrollarse. Las herramientas y los métodos de investigación de la Física poco tienen que ver con los empleados, por ejemplo, en la Sociología. Es conocido que podemos pesar, medir y percibir la textura de un cuerpo físico. Pero también lo es que la lucha de clases, careció siempre de tales atributos cuando Marx postuló su efecto motriz en el desarrollo de la humanidad. La idea de Dios, tampoco es medible o pesable en esos términos. Lo que, al igual que en el caso de la lucha de clases, no demuestra su inexistencia. Ni por supuesto lo contrario.

La Iglesia invita a vivir de acuerdo a unos patrones de comportamiento. Eso es, sin duda, política. Porque lo que no es la política en su amplio sentido, es la mera administración de una bolsa de impuestos.

La Iglesia, el Islam, el Judaísmo y cualquier otro credo, tienen todo el derecho a opinar sobre los gobiernos y las Leyes. Fundamentalmente porque, al igual que ocurre entre ciudadanos iguales, no es preciso estar de acuerdo en España. Sin embargo, los términos en los que se manifieste un Gobierno que, teóricamente, es de todos y obligatorio por sufragio universal, han de ser hilvanados de un modo mucho más prudente. Al fin y al cabo, no deberían hablar sólo para sus fieles.

Rog

Un posterior y a mi juicio bien enfocado artículo de Savater en El País sobre el asunto

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