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El niño de escarcha


contenedorSi no supiese cómo puede haber sido tu corta vida, te hubiese deseado una vida larga, chiquitín.

Si no supiese que apareciste helado, entre la basura de un contenedor, para morir llorando bajo el frío implacable de la madrugada granadina, en un pueblecito cuyo nombre te mintió toda tu corta vida, Santa Fe, quizá te hubiese dado la bienvenida a este mundo, mi pequeño amigo. ¿Cómo pudiste albergar tu ninguna Fe en lo que has vivido?.

¿Sabes?, cada vez que cierro los ojos te veo llorar solo, en esa desconsoladora oscuridad, buscando el calor tibio de los pechos de una madre. Pobre pequeño. Imagino tu desesperación, tu llanto inacabable de hambre y de frío.  Y la escarcha que por las noches baja desde Pradollano para invadir las laderas de Sierra Nevada pegándose a tu indefensa piel, apagando tu escasa vida poquito a poco mientras sufres. Sólo sufres. De hecho sólo has venido a este mundo a sufrir. Tu si que puedes hablar de lo que es un valle de lágrimas, ¿quién si no?. ¿Cómo puedo acaso darte la bienvenida a ese sufrimiento?.

Descansa en paz, pequeño, ya no llorarás más. Me causa tanta impotencia pensar que sólo en mis brazos te hubiese podido dar algo de ese calor que buscabas con desesperación.

Ahora esta sociedad de la que te has librado, abrirá un debate sobre los motivos que ineludiblemente empujaron a la alimaña quien te dio a luz a dejarte allí tirado. Aquellos a quienes elegimos para cuidar, entre otros, de tí, se indignarán e defensa de que puedan matarte antes de que pases frío, no vaya a ser que a tu madre le causen tus llantos un profundo bache psicológico. Es todo un avance. Pero verás, me juego contigo lo que quieras a que no moverán un dedo para enviar a la mala zorra que te parió a pasar a la sombra unas cuantas décadas. Es que no lo comprendes. La pobrecilla no tuvo más remedio que hacerte eso, en este mundo de machitos retrógrados que nunca habríamos aceptado socialmente que fuese madre soltera. Y, por supuesto, eso de luchar para sacarte adelante es rancio y casposo. Cosas de otra época oscura y lúgubre donde no se respetaban los derechos de la mujer a decidir libremente sobre su cuerpo, vida y compromisos. ¿Tus derechos?. No preguntes. A mal sitio has ido a reclamarlos. ¿Tu cuerpo?. Lo siento, no tienes.

Ignoro qué sociedad puede aceptar que en un país desarrollado en este siglo pasen estas cosas. Qué principios. Ignoro qué valores pueden hacer que una madre arroje a su hijo, aún con el codón umbilical palpitando, a un contenedor de basura para que muera congelado entre llantos de agonía. Ignoro quién puede defender que la pobreza o la desesperación ofrecen a esta hijoputada una cobertura moral o ética. Bueno, quizá no ignoro quién puede defender esto último.

Ignoro tantas cosas. Quiero ignorarlas.

Si estos son los valores de “otras culturas” que deben impregnar nuestra sociedad, por favor, que me borren del crisol policrómico beatífico y se lo metan por donde se quema la olla.

Sólo puedo llorar y sentir rabia y asco, que no es poco.

Rog

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