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El Ave Fénix


Cortes de Cádiz

Estimados amigos y lectores (compulsivos y habituales) de esta Madriguera, ésta semana es muy especial para mí. Y creo que lo es también para todos aquellos liberales que durante años hemos suspirado por ver renacer de nuevo el espíritu de la Constitución liberal de 1812. Porque, al márgen de que desde diversas tribunas periodísticas y de análisis político se hayan defendido y proclamado con especial fuerza durante esta legislatura (incluso anteriores), creo haber comprobado que esos principios han calado hondo en una buena parte de la sociedad. En un electorado jóven y vigoroso, comprometido y culto, que no vende su conciencia por un plato de lentejas lleno de expresiones beatíficas y buenas intenciones. Que sabe que la paz más fácil fué siempre la de aquellos que aceptaron ser esclavos, doblegándose a la barbarie.

Están ahí, a vuestro lado. Son el jóven del autobús que lee ese libro de Montesquieu, o esa chica de más adelante absorta en los diálogos de Platón. Empapándose de todos aquellos principios que fundamentan las bases de nuestra cultura y nuestra convivencia. Aprendiendo que la libertad no se vende. Y no se vende desde que los antigüos atenienses, espartanos, tespias y demás ciudadanos de la Hélade, se dejaron los higadillos en el campo de batalla para ser libres por el resto de los tiempos. Para serlo ellos, y para que sus hijos y su descendencia nunca tivuesen que sufrir el yugo de la esclavitud. Ellos no optaron por la pacificación amistosa. Rechazaron el humillante diálogo con el tirano con el que habrían traicionado a sus familias a los demócratas atenienses y a la tradición de los hoplitas espartanos. La libertad, para todos ellos, poseía un valor supremo que trascendía a sus propias vidas.

Pizarro es un espartano moderno. El mejor entre los mejores. Con la Constitución y la Ley en la mano plantó cara a los totalitarios cuando lo más fácil era desaparecer de escena con un chorro de millones que dejaría su millonaria (y lícitamente ganada) indemnización a la altura de una propina de café mañanero. De esas que a Solbes le descuadran la inflación tan irresponsablemente. Pizarro defendió sus Termópilas como sólo Leónidas hubiese podido hacer. Y ganó. Y con él ganaron todos los accionistas de la empresa que le pagaban el sueldo para ello. Multiplicaron por dos el valor de sus acciones, evitando caer en manos de quienes pretendían robarles la cartera. De aquellos que querían aprovecharse de la política para hacer negocio;  los amigos del Gobierno. De todos los intervinientes en ese sucio affaire, el único que actuó con ética y cumplió con su deber fué el aragonés con nombre de conquistador. Todos los demás deberían esconder con vergüenza sus cabezas ante semejante intento de tropelía.

Esta semana, en un programa de debate, una jóven (y ciertamente atractiva) muchacha del público, explicaba muy clara y fundamentadamente que ella no odiaba al Presidente, pero que su libertad no tenía precio. Como la de Leónidas, como la de Platón, como la de Pizarro. No estaba en venta. Desde los bancos de enfrente, unos obcecados ciudadanos repetían la letanía (el “raca-raca”) del conteo de muertos durante la legislatura de Aznar frente a la actual legislatura. El debate de los principios frente a la insípida y casposa exhibición de rencor sectario. Ni siquiera nadie les había instruido en que los muertos no se cuentan. Que da igual su número. Que no se está hablando de ese tema. Que el debate no es ese. Aunque sea el único debate al que pueden llegar.

Y me dí cuenta que por fin, gane o no el actual gobierno las elecciones el 9-M, las tiene ya perdidas. Esa jóven liberal es la prueba de que una vez más, el espíritu de las Cortes liberales de 1812 no ha fallado a la democracia. Que nuevamente está ahí cuando la situación lo necesita, cuando todo alrededor se corrompe y sólo queda el graznido de los tiffosi contando desesperadamente las tarjetas amarillas, para agarrarse al refugio moral que les permita digerir que los suyos perderán el partido. Porque en esta ocasión, amigos míos, el partido no es la cita electoral. El partido, sea cual sea el resultado, seguirá. Porque el partido es la mismísima historia. El partido es el futuro de este país. Y por primera vez en mucho tiempo, veo con claridad que el futuro de España es, finalmente, liberal. Aunque para ello pasen las legislaturas que tengan que pasar, que no serán muchas.

Es tanta la fuerza de esos principios que los mediocres relativistas han reaccionado con horror y nerviosismo. La sóla presencia de Pizarro les ha desquiciado. No por ser Pizarro, sino porque saben perfectamente lo que les espera al final. Lo que ya tuvieron; una nueva (y esta vez será grave) derrota. Insisto, no hablo de urnas, hablo de lo que la historia de España les tiene reservado. Sólo hay que escuchar sus palabra, sus vacuos discursos, sus tópicos trasnochados y manidos, la homogeneidad intelectual desde Blanco a Solbes pasando por todo el elenco izquierdista. Ese es su nivel, ese es su destino y ese es su miedo.

Esperemos que en esta ocasión, como dice J.A. González Casanova en el País sin ningún tipo de pudor, nadie necesite otro 11-M para ver colmadas sus ambiciones políticas. Este caballero, catedrático (honorífico, imagino) de derecho constitucional en Barcelona, es una satisfactoria prueba de la miseria ética e ideológica en que está sumida la izquierda.

Carne de ostracismo histórico. Están definitivamente acabados.

Rog

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Categorías:Uncategorized
  1. febrero 21, 2008 en 5:16 pm

    Me has contagiado cierto optimismo. Gracias por ello.
    También uno se ha visto reflejado en el post.
    ¿Veremos, nosotros, por fín una nación liberal? Eso espero.

    Cordialmente.

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