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Entre espadas y paredes (acorralado)


nosientolaspiel-nas

Hala, ya está. No siento las piernas.

Mi hija de dieciséis años ha optado por la táctica del cangrejo hermitaño. ¿Y ahora qué?. La apasionante aventura de ser padre, es en más de las ocasiones, un diálogo con Harpo Marx (no, no os pongáis contentos que este no escribió el Capital). Y tengo la mala suerte de que, además, mi memoria funciona. Desregulada de momento, pues suelo transgredir la Ley con memorias y hechos históricos que no se corresponden con esa visión, pero funciona.

Así que no puedo olvidar que yo también tuve dieciséis. Que era más golfo que la pilila de un novio, valga el retruécano, y que me gustaban las nalgas más que comer con los dedos. Así como la farra desenfrenada (eso sí, no exenta de cierto estilo) y llegar tarde a casa. Cuanto más tarde, mejor.

Mi padre, solía esperarme emboscado detrás del ficus del salón. No podéis imaginar el subidón que supone llegar a casa a las cinco de la mañana (vaale, tenía algo más de dieciséis), abrir despaciiiito la puñetera llave que siempre hacía “clonck!, clonck!” (apretaba los dientes porque parecía así que si lo oía yo menos, hacía menos ruido) y de repente ¡CLACK!.

Se encendían de golpe todas las bombillas del salón, por el que transitaba de puntillas. Tenía que cerrar los ojos y cubrírmelos con la mano, porque además del cebollón, me había acostumbrado a la oscuridad y allí, desde detrás del ficus, aparecía la imponente figura de mi padre con un pijama tipo “osobucco” y haciendo siempre la misma insensata pregunta: “¿de dónde vienes a estas horas?”. Había días que mi propia inestabilidad corporal hacía que me imaginase que era mi padre el que se avalanzaba sobre mí y me tapaba la cabeza y todo, con gesto de inminente golpeado. Imagino su perplejidad desde su puesto de oteo. ¿De verdad pensaba que le iba a decir exacta y honestamente de donde venía a las cinco de la mañana?. Supongo que era una pregunta retórica, algo que los padres tenemos que preguntar aunque sepamos positivamente que casi nunca, en esas circunstancias, sabremos la verdad.

Pero vuelvo a mi hija. Ella está pasando por esa edad confusa en la que te conviertes en un imbécil prepotente sobrehormonado y piensas eso de: “Yo soy guay y muy preparada, mis amigas son guays y muy preparadas, y mis padres no tienen ni puta idea”. Pero de nuevo, no ignoro que ahí también he estado yo hace algunos años. Por esto quizá, los padres tenemos una ligera ventaja sobre nuestros hijos. Siendo más homogéneo el nivel de formación y acceso al conocimiento hoy que hace algunos años, la diferencia entre ellos y nosotros es precisamente que, mientras yo si he tenido dieciséis, ella de momento no ha tenido cuarenta.

Lo que peor llevo es su insistencia en comportarse al revés de como yo esperaría que se comportase. No, no quiero que esté en casa a las diez. Y digo que no lo quiero honestamente, pensando en que ella tiene que ir desarrollando sus habilidades sociales, conociendo chicos y chicas de su edad, y esto no lo puede hacer en casa. Ser la pavita del grupo que siempre tiene que aguar la fiesta a las diez es un verdadero estigma ¿o no nos acordamos ya?. Sin embargo, puedo esperar que, al menos durante un rato por las tardes, cuando entre diario no sale con amigas, pueda dedicarle unos minutos a su hermano pequeño antes de encerrarse en la concha que tiene por dormitorio hasta la hora de cenar. Y de ahí al día siguiente. O puedo esperar que, por iniciativa propia, descienda de su Olimpo de juventud solidaria de MSN y Greenpeace por Internet y sea solidaria con sus padres, ayudando a poner la mesa para cenar. O bien a quitarla colocando los cuatro cacharros que usamos en el lavavajillas. Sólo eso. Con eso me daría por contento, con que nos regalara con su guay y preparadísima presencia.

O que cuando le pregunto cómo le fue en clase, al menos me responda fingiendo algo de naturalidad, y no haciéndome saber sin lugar a dudas, con esa mirada indolente y llena de desdén, cuán coñazo le parece a su avanzada y solidaria mente juvenil del siglo XXI mis superficiales conversaciones de padre.

Por el flanco derecho tengo otro ataque. La milicia conyugal, de vez en cuando, me tiende una emboscada. La primera consiste en el desgaste prematuro de los argumentos coercitivos. Todo el mundo sabe que, si estás todo el día dando la brasa (si no es con un tema, pues con otro y casi todos relativamente baladíes), al final no te hace nadie ni puñetero caso cuando realmente importa. Este principio elemental no he sido capaz aún, a pesar de los años transcurridos, de que cale adecuadamente. Hay que perder alguna batalla menor si quieres ganar la guerra.

El peor de los ataques al flanco de la milicia es la maniobra “carroza de cenicienta”. Primero soy arengado a una dura represión ante una intolerable conducta. Me resisto a priori, mi lealtad es cuestionada. Total que voy. Reprendo, juzgo y castigo. Proceso completo. Cuando ya se ha alcanzado la fase del castigo, aparece la milicia vestida de hada madrina, se compadece de la improvisada “Cinderella” y se la lleva de compras al Hipercor. Y allí me quedo yo con la cara de bobo y las llaves del calabozo.

Los charlies me tienen rodeado… y no siento las piernas ni un pelín, oiga.

Rog

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Categorías:Uncategorized
  1. fewibef
    noviembre 10, 2007 en 7:40 pm

    Ánimo compadre…
    algunas batallas hay que lucharlas hasta el final, a pesar de tenerlas perdidas casi antes de comenzarlas.

    Leonidas y sus 300 no se arrendaron aunque los ejércitos Persas les superaban tremendamente en número.

  2. noviembre 10, 2007 en 11:25 pm

    Si, pero no se tuvieron que pelear con sus hijas y sus esposas. En eso les fue mejor.

    😀

  3. Embat
    diciembre 7, 2007 en 8:04 pm

    CITO: “Pero vuelvo a mi hija. Ella está pasando por esa edad confusa en la que te conviertes en un imbécil prepotente sobrehormonado y piensas eso de: “Yo soy guay y muy preparada, mis amigas son guays y muy preparadas, y mis padres no tienen ni puta idea”.”

    AaaaaaayyyyyyyyDiossssssss…lo que me espera…

    Embat (padre de una de 13…)

    Ánimo y…no sé qué más decirte. Lo de que “la adolescencia es una enfermedad que se cura con el tiempo” seguro que no te sirve de mucho ¿verdad?;D

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