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Requiem


Un sollozo imperceptible. Cierro el libro que ocupa alguna de mis horas después de la cena y escucho. Siempre cabe la posibilidad de que no sea en casa. La construcción moderna tiene en algunos lugares ese toque de papel de arroz de las casas de té japonesas. La diferencia estriba en que, mientras que en Japón el ánimo tiene mucho que ver con la tradición, por estos pagos suele estar relacionado con el ahorro de materiales aislantes. Intento averiguar, antes de recorrer infructuosamente el tramo de escaleras, si realmente es necesario subir. Tampoco estaría de más hecerlo, a pesar del contratiempo de sacarme de un pescozón de mi lectura, de todos modos mis pensamientos ya se han alejado del ritmo de las páginas de papel. Dejo sobre la mesa el libro con la página marcada y subo.

Mi hijo mediano está de pie en el descansillo. Me mira y se limpia las lágrimas. Estoy confundido, el pequeño desde la cuna observa con silencio incrédulo. Pienso que quizá le ha arrojado el chupete a su hermano mientras éste dormía y que le ha golpeado un ojo. Extraña e impertinente puntería la de estos bebés rebeldes. Le abrazo para consolarle y le pregunto: ¿Qué pasa, hijo?.  Me acuerdo de Juan – responde entre gimoteos- (su abuelo). Intento tranquilizarle y le acompaño a la cama, permanezco allí sentado a los pies hasta que puedo distinguir con claridad el ritmo de su respiración tranquila mientras finalmente duerme. El pequeño ya es harina de otro costal y me sigue observando curioso desde su cuna. Cuánto le hubiese gustado verle crecer y celebrar con risas esa manía que el pequeño tiene de subirse a la barandilla de la cuna “a pulso”.

Hace más de un año que nos dejó. Mi hijo sólo me lo ha recordado una vez más. Mi recuerdo fue silencioso, el cáliz de hiel es algo que acostumbro a apurar a solas. Apenas compartí con mi madre algunas anécdotas en una conversación de terraza bajo el cielo cubierto de Madrid. Poco antes de cumplirse el aniversario. El mediano es el que más me echa de menos cuando no estoy y he estado fuera cinco días. Posiblemente proyecte en sí mismo mi propia tristeza, imaginando la hipótesis de que quizá un día, yo también me marche para no volver más. Como así será.

Pero tengo aún una deuda pendiente con papá. Sólo recuerdo haber pasado pena y frío.

Todo fue tan frío, tan asépticamente frío. El frío caminando por la Ciudad Universitaria llevando a mi madre del brazo, para recoger los papeles de la autopsia. El frío en la sala de espera y las frías preguntas de los gestores del seguro. Todo tan nítidamente administrativo y documental. El frío catálogo de cajas, de coronas, de ubicaciones en el camposanto. Como si fuese un buzoneo de Ikea. Los recordatorios,  el tipo de responso. Y los pies helados. Y él allí dentro, seguramente en una sala fría y gris mientras alguien, sigue metódicamente un protocolo que acaba en la firma de un formulario. ¿Muerte natural? (S/N). “S”.  Ha elegido “Muerte Natural” ¿está usted seguro? (S/N). “S”.

El Tanatorio estaba muy frío. Podía verle a través de un cristal impecablemente limpio y frío. Pegué mi frente a él para verle un poco mejor. Su expresión era la de un hombre que espera recibir un duro golpe. Sus ojos forzadamente cerrados y la boca apretada. Quizá tuvo tiempo de ver venir a la parca e intentar en una finta final evitar su guadaña. Cuando le besé en la fría frente, después de dejarle una foto de un nieto y algún pequeño objeto más para que lo acompañase, me pareció que en el fondo, había sido un hombre indefenso. Tierna e inexorablemente indefenso. Un hombre que hasta en su final, se privó de la ternura que sin duda necesitaba. Sólo le quedó una foto, algún pequeño objeto sin valor, y mucho frío en el cuerpo.

El cementerio estaba húmedo. El cielo cubierto y la mayoría de los que acudieron llevaban paragüas. Era un cielo de entierro. Me pareció poca gente, sentí mucha lástima por ello. El responso en la puerta de la capilla. No se por qué, no lo decidí, sólo me detuve ante el capellán y apreté los dientes mientras le miraba impávido para no derrumbarme. No se lo que dijo. Cuando nos dirigimos al lugar volví a recordar el frío. Y sólo pensé en que él pasaría frío en ese lugar tan pequeño y desamparado. Me volví para decir algo a los que nos acompañaron, me tocaba a mí. Tardé mucho tiempo en poder empezar a hablar. Sólo pude decir “gracias por acompañarnos”, antes de derrumbarme. Exigüa locución para un supuesto locuaz.

No tuvo el funeral que hubiese querido darle. Sólo esa desesperante sensación de frío y humedad que acompañaba a todas partes.

Por esto, papá, en el primer aniversario de tu marcha y porque tu nieto también se acuerda de tí. En tu memoria. El Requiem que mereces.

Requiem aeternam dona eis, Domine,

et lux perpetua luceat eis .

Te decet hymnus, Deus, in Sion, et

tibi reddetur votum in Jerusalem:

exaudi orationem meam, ad te omnis

caro veniet.

Requiem aeternam dona eis, Domine,

et lux perpetua luceat eis.

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Categorías:Uncategorized
  1. María
    noviembre 6, 2007 en 6:02 pm

    Dices que no tuvo el funeral que te hubiera gustado darle. Qué mejor homenaje que el hecho de que su viuda, su hijo y su nieto le recuerden con cariño, que le encuentren a faltar, que vayan siendo capaces de expresar en voz alta sus sentimientos respecto a él y respecto a su ausencia. Todo ello dice mucho de lo importante que él fue en vuestras vidas. Lo demás es accesorio. Qué más da la gente que vaya a darle a uno la despedida. Yo, por ejemplo, lo hablaba estos días con mi familia y les dejaba instrucciones claras. Sólo quiero que vayan a mi funeral, cuando eso ocurra, aquellos de los que tengo la certeza que me han querido en vida. Lo demás forma parte de los convencionalismos sociales y casi siempre está exento de sinceridad y cargado de frivolidad.

    Es la segunda vez que te leo hablando de la ausencia de tu padre. Las dos me han emocionado, porque en ellas recuerdo otros momentos similares de mi vida. Pero este recuerdo en memoria de tu padre que hoy exteriorizas aquí es especialmente entrañable y bello.

  2. maruja de pro
    noviembre 8, 2007 en 5:05 pm

    Precioso, ojala mi padre sea recordado con tanto cariño.

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